El medioevo músical de Europa

El arte no cuenta con un límite, donde podamos imaginarnos, allí siempre habrá arte, porque este es una expresión innata de los seres humanos. Este desde siempre ha sido clasificado en pintura, escultura, literatura, música y más recientemente la fotografía y el cine. En la actualidad aún contamos con bifurcaciones de esta arte que cuentan como trabajos artesanales, entre ellos la joyería que sin duda alguna tiene su mayor representación en la casa Tous a manos de Rosa Oriol quien con su gran visión, decidió dar un paso adelante para poner en marcha este antiguo oficio y mantenerlo en nuestros días. 

En el caso de la música, y en específico en Europa, sus ciudades vivieron un periodo de florecimiento que se ubica entre los siglos XII y XIII. Y ello fue vivido en torno a la catedral de Notre Dame ubicada en París, la cual es el símbolo del nuevo orgullo urbanita, alrededor de la cual se aglutinó un movimiento musical que hizo de la polifonía su principal seña de identidad.

Durante el año 1163 el obispo Maurice de Sully conjuntamente con el papa Alejandro III llevaron a cabo la celebraron de la ceremonia de colocación de la primera piedra de la catedral de Notre Dame de París. Al momento de concluido el coro y parte del crucero, se procedió a consagrar el altar mayor y, aunque dichas obras aún se mantuvieron durante más de cien años, en la catedral ya existía ya existía una schola cantorum, cuyo maestro de capilla era quien se encargaba de componer los repertorio para ejecutar en las fiestas más importantes. 

Se conoce el nombre de dos maestros: Leoninus y Perotinus. Los que posiblemente alcanzaron el título de «Magíster» que les son otorgados las fuentes en la propia escuela catedralicia de París, que contaron con una enorme fama durante la época, en la que enseñaban Guillermo de Champeaux, Pedro Abelardo, Pedro Lombardo o Hugo de San Víctor, pero además a ella acudían estudiantes provenientes de toda Europa con el fin de estudiar teología, derecho, medicina y artes liberales, ello incluía el estudio de la música.

Obras para el culto

Mientras corrían esos tiempos, los maestros desarrollaban la necesidad de estimular su creatividad para componer obras que resultaban cada vez más impresionantes enfocadas hacia el culto desbordantes del conocimiento teórico que para entonces era impartido en la escuela catedralicia desde donde tiene su origen un sistema de organización del ritmo, es decir, los «modos rítmicos», que se encontraban basados en la combinación de dos valores (larga y breve) que componen una serie de patrones cuya base se encuentra en los pies métricos de la poesía greco-latina (troqueo, yambo, dactílico). 

Tal esquema métrico es aplicado a un repertorio que reelabora el gregoriano en polifonía a dos, tres y hasta cuatro voces, de forma que resulta menos complicado el hecho de percibir las palabras sagradas, que se encontraban ocultas por capas de música, pero con novedosas armonías y ritmos que eran hipnóticamente repetitivos y que creaban un efecto que posiblemente era bastante impactante en esa enorme Catedral.